viernes, 20 de marzo de 2009

domingo, 15 de marzo de 2009

Verde Rio




Extraño el verde de Rio.

Rio es en mi memoria una masa verde continua, plena de matices pero casi sin indvidualidades. Una begonia se destaca, tal vez por el hecho de haber estado solita en una maceta. Las demás entidades vegetales que lograron un lugar en mi recuerdo lo hicieron más por lo anecdótico que por lo visual: el gigantesco árbol de mangos del vecino que nos hacía llenar de agua la boca, la jabuticabeira que Roberto había traído de Minas, los flamboyants que alojaban el coro cigarras que nos arrullaban durante las siestas en verano, el perejil que me hizo entender eso de "apretado como perejil en maceta" y otras cosas por el estilo.

Sin tener que ocuparse, todo brotaba: los yuyos de la vereda, la semillita de naranja que escupí en la pileta del baño antes de irme un fin de semana largo y que era toda una plantita asomando por la rejilla cuando volví, el moho cuando se largaba a llover durante días seguidos sin parar.


viernes, 13 de marzo de 2009

lunes, 9 de marzo de 2009

jueves, 5 de marzo de 2009

martes, 3 de marzo de 2009

plantando

Empecé mi vida adulta en Río de Janeiro. En mi primer departamento sólo tuve un potus y un palo de agua que me había dejado mi mamá. Los cuidaba por amor a ella porque yo carecía, en ese entonces, de necesidad de verde propio. En los trópicos el verde está donde uno ponga los ojos y la mayoría de los muchos lugares en donde viví en esos años estaba literalmente en el medio de la mata.

Lo único verde que extrañaba cuando vivía en Río eran las verduras, sobre todo la lechuga. No porque no existiesen en el mercado, sino porque las lechugas cariocas de aquellos tiempos llegaban a la venta un tanto mustias del calor. Tampoco era fácil conseguir hinojos, apios, espárragos, repollitos de bruselas, alcaparras o alcauciles. Así que un día, decidí que valía la pena tener plantas si fuese para comérselas y se me ocurrió hacer una huerta. Como no tenía ni siquiera un balcón apelé a mis amables vecinos del departamento de enfrente que tenían un simpático patiecito.

Mis amigos Roberto y Flor abrazaron el proyecto y compartieron conmigo su patio y mis primeras experiencias de huerta. Usamos como maceteros unos cajones de frutas que nos conseguimos por ahí y plantamos sólo comestibles hasta que un ejército de termitas descubrió la madera de los cajones y puso fin a nuestro emprendimiento. No conseguimos cosechar ni una hojita de lechuga para la ensalada.

viernes, 20 de febrero de 2009

suculentofilia 2



Fotos gentilmente cedidas por la autora de A Succulent Obsession.

lunes, 16 de febrero de 2009

sábado, 14 de febrero de 2009

Hoja de batata



Homenaje vegetal al  día de San Valentín










viernes, 13 de febrero de 2009

La batata

Cuando pasé la adolescencia empecé a poner en duda ese concepto (formulado en casa paterna) en el que las plantas estaban en la vereda de enfrente de la libertad. Ya venía pensando que si eran plantas de agua, podía ser, si eran comestibles, también, en fin... me venía ablandando. 

Y un día, después de haber jurado durante algunos años que nunca tendría una planta bajo mis cuidados, adopté una. Una batata. Y la pequeña historia fue así: encontré una batata brotada en la cocina  y cuando vi tan hermosos brotes, no la pude tirar  y la puse en agua para que echase raíces. 

Qué lindo brota una batata!

            


suculentofilia







Si quieren ver lo que es posible en este mundillo de suculentas, miren el enlace en este blog A Succulent Obsession. De ahí saqué el título de esta entrada. 

Suculentófilos somos, nomás.


martes, 10 de febrero de 2009

Entre hileras de plantines


Así como algunos padres llevan a sus hijos cuando salen de compras, cuando éramos chicos, mi papá nos llevaba a pasear a viveros. El paseo era que él elegía plantas mientas nosotros teníamos que esperar aburridísimos entre las hileras de plantines. Eran largos momentos, interminables para nosotros, a los nos resignábamos como podíamos. En cuanto teníamos oportunidad, inventábamos algún juego, algo como la escondida, algo que siempre implicaba correr,  hasta que venía el ¨chicos quédense quietos¨. Las plantas, ni las mirábamos. Eso creía.

Esos paseos, que nunca pensé que fuesen recordables, quedaron grabados en mi memoria de manera casi fotográfia. Es bastante linda esa imagen en escala infantil, de estar parada en medio del verde, entre las hileras de plantines y pastos.

Ahora voy yo a pasear a los viveros. A veces sólo a curiosear. Y le pido a mi hijo que me acompañe.


domingo, 8 de febrero de 2009

jueves, 5 de febrero de 2009

Cuando era chica



Cuando era chica pensaba que las plantas eran, en general, una molestia. En casa, las plantas eran tan miembros de la familia como lo puede ser una mascota y con un status muy cercano al de los chicos. Requerían cuidados, riego y, sobre todo, espacio.

Según su grado de compatibildad con nosotros y el grado de interés de los adultos hacia ellas, las plantas de la casa se podrían haber clasificado en dos grandes grupos: las permanentes, que abarcaban las grandes y las suculentas, y las itinerantes.

Las grandes eran plantas muy robustas que estaban enterradas desde más allá de donde alcanza mi memoria. Se atendían solas, como los árboles de la calle, y a los adultos no parecían preocuparlos demasiado. A la entrada de la casa, en lo que hubiera sido el jardín, vivían una yuca gigante que mis padres habían traído chiquita en la mochila de un viaje al norte, un hibisco y una hiedra que cubría todo el frente de la casa y juntaba mugre, hormigas, caracoles, arañas, bichos bolita y muchas otras cosas interesantes. Recuerdo vagamente también un jazmín de florcitas celestes. Ocupaban casi todo es espacio disponible en la parte de adelante. Eran fuertes y toleraban pelotazos, atropellos, trepadas y actividades infantiles en general.

A la altura del patio que daba a mi pieza había una glicina memorable y enormes filodrendos plantados en los canteros alrededor del patio. Los filodendros eran uno de los grandes orgullos de mi papá y el terror de mi hermana en las noches de tormenta, cuando el viento y la lluvia les daban vida.



Otro pasillo con una palta que había plantado mamá de una semilla y que para ese entonces no era más que un arbolito raquítico.

Y en el patio de atrás - típica casa de barrio porteño- la añosa parra. Con sus uvas, acidísimas le preparábamos a mamá un jugo que llamábamos vino patero exactamente como nos habían contanto: lavándonos bien los pies y pisando las uvas en una palangana. La luz filtrada por las hojas de la parra, amarilla, amable, y cálida, me trae siempre esa sensación de placidez total de las siestas de verano que nosotros no dormíamos.


Mi problema era con las itinerantes, las que estaban en una cantidad de latitas desparramadas por todo el patio, pasillos incluídos. Ésas no vivían en la casa, paraban solamente por algunos días formando una especie de vivero/incubadora de gajos, plantines, plantitas y plantotas, destinadas a otros pagos.

Toda la atención de mi papá paisajista estaba puesta en este grupo de plantas. Las traía, las llevaba, nos mandaba regarlas, las instalaba en nuestro territorio de juego y las protegía. Por más que nosotros intentásemos evitarlo, siempre terminábamos volteando alguna porque jugar a la escondida, la mancha, la pelota, patinar o cualquier otra de nuestras actividades en esa pista de obstáculos sin llevárselas por delante era imposible. Si papá estaba cerca, eso equivalía al fin de tal actividad.

De modo que, en esa época de mi vida, las plantas eran más un problema, un trabajo y un límite que un placer y si alguien me hubiese dicho que me iban a gustar como me gustan ahora, me hubiese muerto de risa.




miércoles, 4 de febrero de 2009